miércoles, 20 de julio de 2016

Pausa veraniega


Hasta pronto.
-Imagen tomada prestada de aquí-

jueves, 30 de junio de 2016

El hombre que no respiraba nunca


Los amigos de La Charca Literaria han tenido a bien publicarme este relato.
Bonita forma de recibir al verano.



(Enlace a la página correspondiente de
La Charca Literaria)



En las charcas es cosa corriente encontrarse con animalillos que no presentan respiración pulmonar, pero entre los humanos es algo realmente raro. 

De niño, conocí a un chico que se llamaba Pancracio y no respiraba nunca. Al menos no de la manera convencional, como es lo habitual entre las personas. 

Jamás le oí toser, carraspear, soplar… Nunca le oí jadear cuando corríamos detrás de la pelota o cuando saltábamos a pídola o jugábamos a tirar piedras a las parejas. Nunca le vi hinchar un globo, ni siquiera echar humo cuando a escondidas fumábamos un cigarrillo. 

Llegué a pensar que carecía de aparato respiratorio y que, como esos animales raros que hay en algunas charcas, intercambiaba oxígeno por dióxido de carbono a través de la piel, como las plantas cuando hacen la fotosíntesis. 

Era un tipo la mar de raro. Jamás le vi echar su aliento para limpiar los cristales de sus gafas, como hacemos el resto de los mortales. Ni siquiera hacía ruiditos cuando tomábamos un refresco con pajita, ese gluglú que indica que hay más aire que líquido en el fondo del envase. Nunca le dio un ataque de hipo. 

Cuando tuvo el accidente con la bici y se desolló la rodilla, no emitió un quejido. Se tragó su dolor. Cuando hablaba, lo hacía como los muñecos del ventrílocuo: movía los labios, pero el sonido parecía venir de otro lado. En clase de gimnasia, cuando el profesor decía: inspirar, espirar, él se quedaba quieto como un poste. 

Llegamos a pensar los chicos del barrio que convivíamos con un extraterrestre. 

Pasaron los años y nos fuimos haciendo mayores. Empezaba esa edad en la que el sexo contrario ocupaba buena parte de nuestra atención. Estábamos, como se dice popularmente, “en edad de merecer”. Cuando le plantó aquella chica que conoció en un guateque donde se bailaban canciones de Los Brincos y de Los Sírex, se quedó muy triste y lánguido, pero no le oí suspirar, solo vertía unos gruesos lagrimones en absoluto silencio. Se sonaba los mocos sin ruido. 

La juventud pasó en un soplo. Luego nos hicimos mayores, demasiado mayores. 

Cuando Pancracio murió, expiró sin echar su último aliento. Uno muy tonto se acercó a su ataúd y dijo: mírale. No hay duda de que está muerto. No respira.

lunes, 27 de junio de 2016

Yo, José de Espronceda (2ª parte)



Ahora que el tiempo me ha mostrado su rostro menos amable, y que el amor ha dado paso al dolor y a la enfermedad; ahora que todo está perdido y que Teresa ya no está en este mundo; ahora que la salud por fin se alejó de mí y, por lo que parece, definitivamente, me viene a la memoria el recuerdo de esos días como los más dichosos de mi existencia. 
Y solo por haberlos disfrutado con ella, merece la pena haber vivido. 

 “¿Quién pensara jamás, Teresa mía, 
que fuera eterno manantial de llanto, 
tanto inocente amor, tanta alegría, 
tantas delicias y delirio tanto? 
¿Quién pensara jamás llegase un día 
en que perdido el celestial encanto 
y caída la venda de los ojos, 
cuanto diera placer causara enojos? 
Aún parece, Teresa, que te veo 
aérea como dorada mariposa, 
ensueño delicioso del deseo, 
sobre tallo gentil temprana rosa, 
del amor venturoso devaneo, 
angélica, purísima y dichosa, 
y oigo tu voz dulcísima, y respiro 
tu aliento perfumado en tu suspiro.” 

Fragmento de “El Canto a Teresa”

Al poco del inicio de nuestra apasionada relación, me llegó la noticia del fallecimiento del tirano. Sí, en efecto, Fernando VII acababa de morir. Y lo mejor de todo: se decretó una amnistía para los liberales que estábamos presos o exiliados. Al parecer, la Regente María Cristina pretendía el apoyo de los sectores más moderados del liberalismo para frenar las pretensiones del hermano del fallecido, Carlos María Isidro, tan absolutista como el rey que acababa de estirar la pata. Una maniobra para asegurarse el apoyo necesario para lograr la estabilidad de su Regencia, dado que la heredera al trono, su hija Isabel, era todavía muy niña y no podía ser coronada como reina. Corría el año 1833. 
Así que nos trasladamos a Madrid. 

Y allí, enseguida, retomé mi carrera abandonada de político. Al fin parecía que el liberalismo se abría camino en mi país. También me dediqué a escribir poesías y artículos para el periódico. Digamos que alternaba mis dos grandes pasiones, además del amor por Teresa a la que idolatraba. Y fruto de ese amor tuvo lugar el nacimiento de mi hija Blanca. 
Pero el destino parecía guardarme algunos reveses. 

Teresa parecía cansarse de mi compañía o, tal vez, de una relación estable pero rutinaria, poco excitante como lo fuera en un principio. La pasión poco a poco se fue convirtiendo en una relación más sosegada y normal. Ella me achacaba con frecuencia que mi carácter era fuerte, poco tratable. Reconozco que no soy una persona fácil y que la convivencia conmigo tenía sus momentos malos; pero adoraba a mi mujer y aunque a veces era preso de ataques de ira, nunca descargué mi irascibilidad sobre ella. 

Creo que Teresa se cansó de mí. 
Pero no la voy a culpar. Tal vez  una relación demasiado corriente y al uso, como era la que yo le ofrecía en aquellos momentos, con esa entrega mía absoluta a la política y a la literatura, le hizo que se plantease cambiar de rumbo.

Un buen día me abandonó. También abandonó a Blanca, nuestra hija. Algo que jamás entendí. Y se fugó a Valladolid con un tal don Alfonso. 
Yo no pude soportarlo y al poco me presenté allí. Logré a duras penas la reconciliación. Todo parecía arreglarse, hasta que el destino me trajo una nueva dosis de amargura. Por razones políticas, tuve que volver a escapar por mis ideas, las cuales se habían radicalizado. Y de liberal pasé a ser republicano, por lo que me convertí en persona non grata para la monarquía española. 

Teresa me abandonó definitivamente. 

Luego supe que lo pasó mal y que acabó prácticamente en la indigencia. 
Finalmente, enfermó de tuberculosis y murió en 1839, pobremente, enterrada de limosna.
Yo no lo sabía hasta que me topé con la cruda realidad. De haberlo sabido, no hubiera permitido nunca un final así. Pero lo que nunca podría imaginar era habérmela encontrado de casualidad. 

Un aciago día, andando por la calle, vi su cadáver, lívido y frío, dentro de su pobre ataúd, a través de una ventana donde habían montado, por caridad, un modesto velatorio. Aquella imagen me impresionó vivamente. 




 “ Las luces, como antorchas funerales, 
 lánguida luz y cárdena esparcían, 
 y en torno en movimientos desiguales 
 las sombras se alejaban o venían: 
 arcos aquí ruinosos, sepulcrales, 
 urnas allí y estatuas se veían, 
 rotas columnas, patios mal seguros, 
 yerbosos, tristes, húmedos y oscuros. 
 Todo vago, quimérico y sombrío, 
 edificio sin base ni cimiento, 
 ondula cual fantástico navío 
 que anclado mueve borrascoso viento. 
 En un silencio aterrador y frío
 yace allí todo: ni rumor, ni aliento 
 humano nunca se escuchó; callado, 
 corre allí el tiempo, en sueño sepultado. 
 Las muertas horas a las muertas horas 
 siguen en el reloj de aquella vida,
 sombras de horror girando aterradoras, 
 que allá aparecen en medrosa huida; 
 ellas solas y tristes moradoras 
 de aquella negra, funeral guarida,
 cual soñada fantástica quimera, 
 vienen a ver al que su paz altera.” 

Fragmento de “El estudiante de Salamanca”. 

 Aquella visión supuso un tremendo mazazo que me sepultó en un oscuro túnel del que pensé que no iba a salir nunca; pero poco a poco me fui rehaciendo, aunque siempre tuve la sensación de que con aquella muerte se iba definitivamente, también al otro mundo, algo de mi persona.
Luego, el resto de mi existencia continuó hasta hoy con algunos aciertos y algunos sinsabores. Otras mujeres hubo, pero ninguna que me hiciera sentir lo que en su día sentí por Teresa. 

Y hoy, consumido por la enfermedad, debilitado y sin fuerzas, postrado en mi lecho, agoto finalmente las últimas horas de mi vida, no sin antes hacer balance de lo bueno y de lo malo, mientras la primavera sigue su curso allá fuera al otro lado de mi ventana.

miércoles, 22 de junio de 2016

Yo, José de Espronceda (1ª parte)



En Madrid, 22 de mayo de 1842

Nací en Pajares de la Vega, una pedanía cercana a Almendralejo, un pueblecito de Badajoz. En realidad, “me nacieron”, porque nadie me pidió opinión para traerme a este mundo. Y menos en ese momento tan poco oportuno. Digamos que yo aparecí justo en el año equivocado, en 1808, cuando mi patria estaba agitada por culpa de la invasión de las tropas de Napoleón, un paréntesis terrible tras el que iba a sobrevenir una etapa histórica aberrante, en la que el absolutismo reaparecería con toda su monstruosa faz tras expulsar a los franceses: el largo reinado de Fernando VII, el rey felón, que llegó a traicionar a sus propios padres con tal de hacerse con el poder. 

Ya de muy joven mostré mi oposición a tal sistema despótico y cruel. 
A los quince años creé, junto a mis incondicionales amigos, Ventura de la Vega y Patricio de la Escosura, una sociedad secreta, la de los Numantinos, un nombre muy apropiado por sus connotaciones de resistencia frente al opresor. Y todo ello, por el tremendo impacto que nos había causado la ejecución de Rafael de Riego, el militar liberal ahorcado como un delincuente vulgar en la Plaza de la Cebada de Madrid. Desde ese momento, como Aníbal hizo frente al poderío de Roma, juré lealtad a los principios del liberalismo progresista y un odio a muerte hacia el absolutismo monárquico y sus secuaces. 
Fui denunciado por mis actividades intelectuales y condenado a exiliarme de Madrid durante cinco años, aunque más tarde me rebajaron la pena y fue reducida a tres meses, que llegué a cumplir en un monasterio de Guadalajara donde mi padre estaba destinado. Al salir de allí me sentía incómodo porque continuamente vigilaban mis movimientos. Estaba claro que iban a por mí. Un día, un buen amigo me avisó de que estaba en marcha una operación para detenerme. Decidí pues adelantarme a los acontecimientos e irme de España voluntariamente. En 1827 viajé a Portugal, donde me enamoré locamente de Teresa Mancha. Tan solo contaba yo con diecinueve años. Luego conocí otros países, como Inglaterra y más tarde Francia, donde me establecí en condición de exiliado liberal. 
Allí conocí a gente fascinante. 
En París formé parte de las oleadas revolucionarias de 1830.


Estando allí, tuve noticia de que mi amada Teresa dejaba Portugal y, casi con toda seguridad, viajaba hacia España y se iba a casar por disposición de su padre con un acaudalado comerciante. Al parecer, su familia estaba atravesando un mal momento económico. 
Aquello fue muy duro para mí. 
Allí en París, henchido de sentir revolucionario, me debatía entre dar mi vida por el ideario de la libertad o salir hacia España y recuperar a mi amada. El amor o la revolución. Ese era mi dilema. Si volvía a Madrid, lo más seguro era que me apresaran. Si no iba, tal vez perdía a Teresa para siempre. La incertidumbre sobre lo que debía o no debía hacer, me llevó a buscar el consejo de mis amigos, los que se reunían en aquel viejo café, cuna de tantos jóvenes revolucionarios que dieron generosamente su vida por una Francia libre de opresores. 
Allí, un escritor, también joven, aunque no tanto como nosotros, como de unos treinta años, me dijo: 

-No se lo piense dos veces, querido amigo. El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad. 
-La verdad es que temo precipitarme y equivocarme. Tampoco sé si debo acudir a la llamada del amor o quedarme aquí y cumplir con las obligaciones que me dicta la razón. 
-Lo que le pasa a usted, estimado joven, es que es un perdido romántico. 
-¿Qué significado tiene para usted ser romántico?- le pregunté-. He oído algunas veces esa palabra, pero no con un significado único. 
-Mi querido amigo –me replicó-. El romanticismo es el liberalismo en literatura. Es también una forma apasionada de entender la vida, la política o el amor. Hágame caso, obre según le dicten sus sentimientos. Déjese llevar por la emoción, por los impulsos. Sea coherente en vida y en obra. Ame y luche. Y sobre todo, escriba, escriba mucho, con tesón, como en el amor y en la lucha. Hay que entregarse plenamente y con dedicación a todas las causas en las que uno cree. 

Aquel escritor era sincero. Todos los que le conocíamos sabíamos de sus encontronazos con los críticos por su osadía al publicar “Cromwell”, un drama que armó un escándalo monumental porque se saltaba los convencionalismos existentes sobre lo que debía ser una obra de teatro. No respetaba las sacrosantas unidades de tiempo y de lugar, era excesivamente larga y obligaba a continuos cambios de decorados. De hecho todavía nadie se había atrevido a llevarla a escena. 
Estaba pues ante una persona apasionada con lo que hacía y cuyos consejos se correspondían fielmente con sus actuaciones. 
Aquello me proporcionó una energía como jamás había experimentado nunca. Y me facilitó el impulso necesario para tomar una decisión al respecto. Antes de irme de aquel café, el escritor que cito me dijo: 
-Me ha dado usted joven, sin saberlo ni quererlo, una idea fantástica para una obra que estoy madurando en mi cabeza, una novela protagonizada por jóvenes revolucionarios, utópicos, soñadores y también pobres víctimas de esta sociedad que entre todos debemos contribuir a cambiar. Y usted va a ser, con otro nombre por supuesto, uno de esos jóvenes altruistas y magníficos que luchará contra un orden injusto para librar a Francia de miserables.

Escena de Los Miserables, en el Abc Café

No sé si al final, aquel escritor llegó a escribir la novela que se propuso. Al día de hoy, no que yo sepa. (*)
Pero no tuve que viajar hacia España, afortunadamente para mí, porque al poco de aquella conversación en el café, me enteré de que mi amada no estaba en España sino en Londres. La situación de estrechez por la que atravesaba su familia le habían hecho desposarse finalmente con Gregorio del Bayo, un rico comerciante, mucho mayor que ella, quien proporcionaba a su esposa una situación holgada, no así el amor y el calor que ella esperaba encontrar en un hombre. 
Viajé pues a Londres.
Cuando nos vimos, enseguida renació en ella el amor que en otros tiempos me tuvo. 
Y nos dispusimos a recuperar todo el tiempo perdido. Nos veíamos a escondidas y dábamos rienda suelta a nuestra pasión, como lo que éramos: dos jóvenes fogosos y enamorados a los que la vida les había privado de lo esencial y puesto en una situación muy difícil. 
Y soñábamos despiertos. 
Y trazábamos planes para el futuro. 
Y preparábamos la fuga. Solo faltaba elegir el momento preciso. 
Con ocasión de un viaje a París que Teresa debía realizar en compañía de su marido, ella abandonó el hotel donde estaba hospedada, acudió al lugar que convinimos y nos escapamos juntos. Fue un tiempo maravilloso. El más importante de mi vida.

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(*) Aunque es muy posible que Espronceda conociera al autor de Los Miserables, obra que en efecto se publicará con posterioridad a la muerte del poeta español, el encuentro con él en el café donde supuestamente se juntaban los jóvenes revolucionarios es pura ficción. 


Continúa...


Fragmento de un capítulo de En la frontera.

martes, 14 de junio de 2016

Maquis (segunda parte y final)


Continuación...

Los maquis: unos hombres que intentaban recuperar lo perdido tras la derrota del 39. 

El caso es que en sus inicios la brigada contaba con cincuenta hombres. 
Habían partido de Esterenzubi y entraron por Roncesvalles. 
Varios días de caminata, fatigados, exhaustos, desorientados muchas veces por causa de la niebla, de la lluvia o de la nieve, ateridos de miedo y de frío, los pies destrozados dentro de las botas, las uñas partidas, sangre en los dedos. Muchas veces, al sacarse los calcetines, notaban al tirar la sangre reseca mezclada con el sudor. Y siempre con la amenaza de que en cualquier momento les podían volar la cabeza… 
Con las nevadas había que tener especial precaución. Si les pillaba camino de su refugio, generalmente abrigos naturales o cuevas, tenían que aguantarse y no moverse de donde les cogiera, aunque no tuvieran comida. Y pasar un tiempo allí donde hubiera nevado, sin moverse apenas, hasta que la nieve se deshacía: no debían dejar huellas de su paso. La cacería hubiera sido demasiado fácil. 

-Por eso estaba prohibido encender fuego o fumar y había que tener mucha precaución cuando te bajabas los pantalones para hacer tus necesidades. Un hombre es esas circunstancias era un blanco fácil. Y no hay cosa más absurda en esta vida que te maten cuando estás cagando-Eso comentaba Goñi, un testigo que logró sobrevivir. 

Tras mantener un duro combate en Izalzu, en el Portillo de Lasa, lograron abatir dos policías y a un guardia civil. Perdieron también algunos hombres. Luego el grupo se dividió en dos. El más numeroso se perdió por Abaurrea Alta y acabó pasando a Francia. El menos numeroso se situaba cerca de Navascués… 

-Malditos fascistas. Pronto llegará la ayuda de Francia. 
-Les vamos a dar a estos para el pelo. Hay que tener paciencia. 

La esperanza es lo último que se pierde. El consuelo de los perdedores. Gente valiente y entusiasta, convencida de que la victoria era solo cuestión de tiempo. 

-Cuando todo acabe, voy a establecerme por mi cuenta. Ya se lo he dicho a Iranzu, mi novia. La pobre no se lo cree y no hace más que llorar. Tiene miedo de que todo acabe mal y de que terminen levantándome la tapa de los sesos. La pobre está sufriendo mucho con todo esto. Pero no hay cuidado. Ya lo tengo pensado. Un prado, unas vacas y un par de mulas. Y a empezar de nuevo. 

Decía Gayarre. Y cuando lo decía, un brillo especial iluminaba su mirada. 



El guerrillero se siente vacío por dentro. La guerra se lo llevó todo, un vendaval terrible que le arrancó lo que más quería: sus padres, su trabajo, sus amigos, su casa de la niñez… Solo la idea de empezar de nuevo junto a su compañera, le da energías para seguir vivo, en la brecha, por dura que fuese… 
Pero la ayuda no llegó. 
¿Dónde está la línea que separa el optimismo de la desilusión? 
¿Dónde la frontera entre la esperanza y la cruda realidad? 
Es una línea delicada, sutil y quebradiza. No hay espacio intermedio. 
Un buen día, llega la noticia que menos se espera. Esa que nadie quiere oír. Y, tras la sorpresa inicial, el desánimo se hace un hueco en el corazón de los hombres y se adueña de todos, como una epidemia. 

-De Gaulle no da un paso adelante. No piensa prestar ayuda. Parece que se olvidó de lo que hicimos allí para echar a los nazis. 

Es el final. Gestos de abatimiento. Semblantes serios. Un mazazo tremendo. 
Y unos hombres que finalmente tuvieron que abandonar el refugio antes de que diera el enemigo con ellos. 
Tras un par de escaramuzas, algunos de la brigada cayeron, otros fueron hechos prisioneros. La mayoría, con las municiones agotadas y la moral por los suelos, acabaría retornando a Francia. Eso sí, con el convencimiento, de que ya no habría ayuda para su causa. 
Los menos, seguían resistiendo. Sabían que ya nada había que hacer, pero era una cuestión de dignidad. 
Ibarrola se quedó solo en aquella choza. Habían caído casi todos sus compañeros. Aún así, no quiso irse con lo que quedaba de su diezmada brigada. Prefería luchar hasta el final. Por eso no le extrañó aquella noche la patada en la puerta, ni cuando, al ir a echar mano al fusil que colgaba del respaldo de la silla, los dos guardias civiles que irrumpieron violentamente, nerviosos y vociferantes, le apuntaron con sus armas: 

-Ni lo intentes, cabrón, que te mato aquí mismo. 

Ahora sí que estaba todo perdido. La guerra había llegado irremediablemente a su fin. Al menos para él.
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Fragmentos de un capítulo de "En la frontera"