lunes, 12 de febrero de 2018

Alta mar



No decía palabras. Tan solo las coleccionaba.
¿Para qué hablar?
Cuántas veces había rehusado dar esta o aquella conferencia, hacer la presentación de una novela, hablar de tal o cual escritor, participar en esta o en la otra tertulia… Lo suyo no era el diálogo ni la oratoria, ni las clases magistrales -no necesitaba oírse, ni tampoco precisaba el aplauso del público-, sino tan solo atesorar palabras; recopilar líneas, frases, párrafos, páginas y libros en los atiborrados anaqueles que ocupaban las paredes de su hogar flotante.

El capitán de aquel navío, una especie de Capitán Nemo, un ser excéntrico, apartado del mundo, celoso de su tesoro, siempre vigilante desde el castillo de popa, no precisaba a nadie. Le bastaban su barco, su soledad y la compañía de sus libros. No necesitaba nada más. Todo estaba ya dicho y recopilado en letra. Su pasión por lo escrito le llevó a forrar toda la nave de estanterías. Además de una muy bien nutrida biblioteca que montó en el camarote principal, había estantes en su dormitorio, repisas y entrepaños a rebosar en la cocina, en la bodega, etc. El libro -los libros- eran los amos, los señores indiscutibles de aquel lugar.

Mientras navegaba, el interior de la nave se mantenía en un riguroso silencio y en una leve penumbra, las contraventanas echadas,  alfombras por todas partes para amortiguar las pisadas. Como un ritual, similar al que existe en un recinto sagrado, nada ni nadie debía alterar -ni siquiera la luz intrusa ni el rumor exterior del mar-  la paz que reinaba dentro de aquella casa flotante. Sí, aquello se había ido convirtiendo con el paso de los días en una especie de santuario. Y los libros formaban parte de la liturgia.  Y el coleccionista de palabras, el dueño del barco, era su sumo sacerdote.



Y en el silencio absoluto de la noche, a la luz de unas tímidas bujías, mientras emitían un leve quejido las cuadernas del barco, los libros reposaban mudos acumulando tiempo, palabras y polvo, ajenos al discurrir de la vida allá fuera, donde a las horas del día sucedían monótonas las horas de la noche, con su luna y sus estrellas, sus alegrías y sus miserias.  
El tiempo permanecía congelado en las estanterías de aquel lugar.

El capitán repetía día tras día un ritual que le proporcionaba un inmenso placer: pasear por la cubierta de aquella biblioteca flotante en compañía siempre de un libro en sus manos.
Porque en los libros estaba todo. Estaban las ciudades y las islas remotas; las caminatas a pie y los viajes en tren o en barco; el amor y el odio; la tempestad y el llanto; la felicidad y los deseos; los sinsabores y las alegrías; los celos; la tristeza; el pavor y el desencanto. Todas las combinaciones posibles, todos los estilos, todas las intenciones, todos los temas, todas las épocas, todos los géneros…

El día en que su barco encalló en aquel arrecife y una vía de agua se abrió en el casco de madera inundándolo todo, el capitán echó en falta que carecía de algunos libros: "Guía de farallones y arrecifes en los Mares del Sur", "Cómo solucionar pequeñas averías domésticas" y "Protocolo de salvamento en buques privados".

lunes, 5 de febrero de 2018

Así podría ser el final de "Cuéntame cómo pasó"


En estos días está emitiéndose la temporada 19 de la serie que protagoniza la familia Alcántara.
En algunos aspectos y en determinadas situaciones, muchos nos hemos visto reflejados en ella, pues nos tocó vivir ese tiempo, muy agitado por cierto.
No sé si tras esta emisión, con tantos capítulos en su haber, la serie dará para mucho más.

Supongamos que el año próximo llegan a la temporada final, la número veinte.

Los guionistas de “Cuéntame cómo pasó” podrían tener una magnífica ocurrencia a la hora de situar cronológicamente su temporada vigésima y última: plantear el episodio final haciendo coincidir el día, el mes y el año de referencia de la serie con el tiempo real en el que se va a emitir,  pongamos que el 12 de mayo de 2019.
De esta forma, en el último episodio, lo que ocurra en la calle, ocurre también en la serie. El último capítulo tendría que emitirse en directo. Aunque habría ensayos previos que abordarían el "envoltorio", la problemática personal de cada uno, las conversaciones familiares, etc., siempre se debería dejar un espacio a la improvisación de última hora puesto que podría ocurrir algo inesperado en el panorama nacional. Las agencias publicarían sus noticias y la serie se iría modificando según las últimas informaciones de rabiosa actualidad que fueran llegando: un accidente ferroviario en el que curiosamente viaja alguno de los Alcántara, un atentado terrorista que salpica al barrio de San Genaro, un proceso judicial por corrupción que afecta a viejos conocidos de Toni, etc. Ya se sabe que a esta familia les pasa siempre de todo.

Y esta podría ser la última escena:

En el informativo que ponen en otra cadena a la misma hora en que se emite Cuéntame, se destaca que la policía busca al “asesino del gorrito”, un canalla violador que siembra el pánico en algunas barriadas de Madrid. Mientras, en la serie, un matrimonio maduro formado por Carlos y Karina, ven el telediario donde aparece dicha noticia. Comentan alguna cosa, indignados. Por su parte, María, la hija menor  de los Alcántara, que ya no es una niña sino toda una mujer, es perseguida por las calles de San Genaro por el mismo sádico personaje que es noticia en el telediario. Antonio Alcántara, un anciano que debido a sus achaques ya no puede conducir, y que precisamente anda dando una vuelta por el barrio, con su bastón sobre las piernas y en silla de ruedas, llega en ese momento a su calle y, percatándose del peligro que se cierne sobre su hija, se interpone entre la joven y el perseguidor, quien tras tropezar aparatosamente con la silla de ruedas, recibe un tremendo bastonazo, quedando inconsciente tendido en el suelo, mientras Antonio increpa al delincuente: "¡Así las gastamos los de Sagrillas, mangurrián!"

Enseguida llega la policía y le detienen. Al violador, claro.

En el telediario, última noticia sobre el asesino del gorrito: acaba de ser detenido gracias a la cooperación ciudadana. Al parecer, un anciano, vecino del lugar, se jugó la vida enfrentándose con el criminal.

—¡Me cago en la leche, Merche. Si no llego a tiempo me matan a María!—exclama el protagonista de la famosa serie a una  decrépita Mercedes que acaba de hacer acto de presencia en la escena y precisa de un andador para moverse— ¡Milano, a este tontolaba ya no le quedarán ganas de meterse con las mujeres! ¡Me cago en la cuna que me arrulló!

martes, 30 de enero de 2018

Todo está inventado



Había un chiste centrado en la Prehistoria en el que un niño entregaba a su padre las notas del cole, muy malas por cierto. El hombre de las cavernas, echando un vistazo al trozo de piel seca de mamut (el boletín de calificaciones de su hijo), meneaba la cabeza con un evidente gesto de reprobación:

—Vamos a ver, hijo, que suspendas las matemáticas y el dibujo tiene un pase, pero la Historia, que tan solo llevamos dos páginas, eso no tiene perdón.

La “ventaja” de aquellos tiempos era, evidentemente, que había poca materia para estudiar puesto que la humanidad iniciaba su andadura. La antigüedad tenía otra gran ventaja, y con esto nos acercamos al tema que quiero plantear, y es que estaba todo por inventar: la rueda, las vasijas, la ropa, el arco y la flecha… Por dicho motivo, antiguamente se inventaba o se innovaba mucho. Y esto se podría aplicar también al ámbito del arte y de la literatura: todo o casi todo lo que iba apareciendo era nuevo, inédito, original. No había antecedentes. Luego, fue pasando el tiempo. Y ahora, tras un montón de siglos de andadura, cada vez que se te ocurre escribir algo, siempre hay alguien que, bienintencionado sin duda o por dárselas de leído, te comenta:

—Esto tuyo tiene referencias a Kafka.
—¡Qué bueno! Un relato de detectives. Me recuerda mucho a Conan Doyle, a Eduardo Mendoza y a Vázquez Montalbán .
—Esto de mezclar literatura y vida ya lo escribieron antes Cervantes, Unamuno, Pirandello y Bradbury.
—Tu personaje bohemio me recuerda, salvando las distancias, al de Max Estrella de Valle Inclán.

Los anteriores a nosotros lo inventaron todo.
Si bien recuerdo -que es posible que me equivoque y lo hayan inventado otros-, Julio Verne creó el Nautilus; Wells, la máquina del tiempo; Shakespeare, el amor imposible cuando las familias andan enfrentadas; Cervantes, el antihéroe que complementa al héroe; en Grecia, Aristófanes, con su “Lisístrata”, los primeros textos de literatura erótica; sin hablar del Kamasutra de Vatsyayana Mallanaga, en la India… A ver quién es el guapo que trata temas como la avaricia, los celos, la ambición, la duda, etc. sin que le acusen de basarse en Shakespeare. O asuntos como el parricidio, la traición, el adulterio, el destino… sin que te tachen de copiar a los clásicos griegos.
Los que vivimos en el siglo XXI arrastramos una pesada carga, la de los que tuvieron antes que nosotros la ocurrencia de contar cosas.  Y entonces, echando la vista atrás, solo podemos aspirar a relatar asuntos parecidos procurando, en el mejor de los casos, dar un enfoque distinto, añadir algunos matices, modificar el punto de vista, el estilo… Y poco más. 
Basarse en obras anteriores, copiando ideas o técnicas, también lo hacen los grandes autores.

Virginia Woolf


“En esa luz, todo lo que estaba a su alrededor se destacaba con extrema nitidez. Vio girar dos moscas y notó el azulado brillo de sus cuerpos; vio un nudo en la madera donde pisaba, y el temblor de la oreja de su perro. Al mismo tiempo oyó el crujido de una rama en la quinta, unas ovejas tosiendo en el parque, un agudo chillido por las ventanas (…) Las sombras de las plantas eran de una nitidez milagrosa. Percibió cada grano de polvo en los canteros como si tuviera un microscopio aplicado al ojo. Vio la complejidad de los gajos de cada árbol. Cada brizna de pasto era definida, y cada nervio y cada pétalo. Vio a Stubbs, el jardinero, bajando por el camino, y era visible cada botón de sus polainas; vio a Betty y a Prince, los percherones, y nunca distinguió con más claridad la estrella blanca en la frente de Betty y las tres largas cerdas que sobrepasaban las otras en la cola de Prince.”

Fragmento de “Orlando”, de Virginia Woolf, 1928.  Traducción al castellano de Jorge Luis Borges.


¿Os recuerda este fragmento a alguna obra -por supuesto, posterior- del escritor argentino?
Pues eso.



"Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo…" 

Jorge Luis Borges, fragmento de "El Aleph". Buenos Aires, 1949.

jueves, 25 de enero de 2018

Los casos de Elías Gómez (y 2)



Resumen:
Un enano del circo acude al despacho de Elías Gómez para solicitar ayuda,
 dado que sufre maltratos por parte de dos compañeros de trabajo:
la mujer barbuda y el domador.


—Ha venido usted al lugar adecuado. Veamos. Necesito saber los nombres de los acosadores y dónde está situado el circo. Me dijo que el domador se llama Nicolás. Con eso me vale. ¿Cómo se llama la mujer barbuda?
—La mujer barbuda es rusa y se llama Tatiana. Y el circo es el Universal, que está montado en la Plaza de la Constitución, muy cerca de aquí. Estaremos todavía un mes o así.
—Creo que tenemos suficiente tiempo. ¿Cómo se llama el dueño del circo?
—Todos le llamamos Charlie. Él, además de ser el propietario, actúa de payaso. Por cierto, que hace dos días se le murió el clown que actuaba con él y ahora, de momento,  hace las bromas él solo.
—Eso lo vamos a remediar nosotros. Ha dado usted con el sitio adecuado para resolver su problema. De momento, para sufragar los primeros gastos, me debe hacer un depósito de 350 euros. ¡Ceferino, asómate que tengo tarea para ti!
—Dígame, don Elías—dice el aludido, esmerándose en el tratamiento para dar más categoría al bufete, asomando el pescuezo tras la puerta de atrás, la que da a la cocina— ¿Quién es el peque?
—Pareces tonto, Ceferino. El señor es don Blas y trabaja en el circo—dirigiéndose al cliente—. Discúlpele. Es corto de vista, aunque inofensivo. Se lo aseguro.

—No se preocupe. Ya estoy acostumbrado a que me confundan.



—Perdone usted la confusión— se disculpó Ceferino, cerrando tras de sí la puerta de la cocina para impedir que el olor a coles se adueñara del ambiente, ya de por sí algo cargadillo.
—Ahora cuando se vaya el señor, hablaremos de cuál va a ser tu cometido. Usted, amigo Blas, puede marcharse tranquilo. Déjelo todo en mis manos. Deme un teléfono y ya le llamaré cuando haya algo.
—Aquí tiene mi teléfono y el dinero que me ha pedido. Me voy. Espero pronto noticias suyas.
—Hasta pronto. Le llamaré.

Y dicho esto, salió del despacho.

—¿Qué me querías?— preguntó Ceferino algo escamado, una vez que el cliente cerró tras de sí la puerta.
—¿Qué tal se te da el escenario? A ver, repite conmigo… ¿Cómo están ustedeeees?
—¡¿Cómo?!— preguntó el cuñado abriendo los ojos como platos.

—Comiendo. Vamos que te vas ahora mismo al Circo Universal, preguntas por Charlie que es el dueño y te ofreces como clown becario para que te haga una prueba. Mira que si encuentras al final tu vocación dormida… Si no te contrata de payaso, te me ofreces de lo que sea: de taquillero, de limpiar la caca de los elefantes, de dar de comer a los leones, de lo que sea…Tú ofrécete a trabajar por casi nada. Verás cómo te cogen. Tu misión será vigilar al domador y a la mujer barbuda cuando se dediquen al acoso de nuestro cliente. Ya sabes: fotos, grabaciones… ¡Venga, arreando que es gerundio!


Al final, Ceferino logró un empleo en el circo. No de lo que imaginaba, puesto que el propietario decidió incorporar precisamente a Blas, el hombre diminuto, como ayudante en su número de payasos. Al cuñado del detective le contrató como colaborador del mago y del lanzador de cuchillos para cuando estos precisaran de su ayuda. Cuando no realizaba estas labores, se dedicaba a tareas de limpieza, puesto que tanto los animales como el público solían dejar todo perdido de cagadas, meadas y envases vacíos. Y era precisamente desde ese menester de donde pudo efectuar su labor de espía, pues, aparentemente absorto en su faena, pasaba desapercibido para los demás. Y, con escaso disimulo, mientras  barría  boñigas de camello, cagajones de caballo  y truños de león, pudo efectuar algunas fotos con su minicámara acoplada a la escoba con cinta adhesiva. Una de las chapuzas habituales del amigo Sardón.

Foto nº 1: el domador hace restallar su látigo a un centímetro de la cara de Blas, quien aparece guiñando un ojo y torciendo el gesto como para minimizar el posible impacto.
Foto nº 2: la mujer barbuda, sentada sobre un taburete, aparece azotando el trasero de Blas con una alpargata de esparto mientras se ríe a mandíbula batiente.
Foto nº 3: la mujer barbuda y el domador sujetan al Blas en el aire cogiéndolo cada uno de una oreja, haciendo ademán de colgarle en el tendedero junto al resto de la colada del día.
Foto nº 4: Blas se muestra sentado en el suelo, atado de un pie a la jaula del león, mientras el elefante, de la mano del domador, aparece con la pata levantada en ademán de darle un pisotón. En la foto se puede apreciar la cara de terror de la víctima.

Ceferino Sardón entró, sonriente y triunfante, en el despacho de su cuñado y le echó sobre la mesa  el sobre con las fotos, como quien pone sobre el tapete un póquer de ases.

—Fantásticas fotos—comentó el detective—. Son suficientes. Ya tenemos lo que buscábamos. Misión cumplida. Se les va a caer el pelo a esos dos. Has hecho un buen trabajo. 
—Me costó lo mío—añadió Ceferino—; pero al final lo logré.
—Genial. Que digo yo que tú sigas trabajando en el Circo como si nada. Solo el resto del mes. Total son veinte días más. Es para no levantar sospechas mientras tramitamos la denuncia.  Además, nos vendrían muy bien esos 600 euros que te van a pagar. Voy a ser generoso contigo: 600 de tu trabajo, más 350 de la provisión de fondos del señor Blas, más otros 350 que le sacaremos por tramitar la denuncia y pasarle las fotos… ¡Tocamos a 650  cada uno! ¿Qué te parece?
—Me parece que tienes un morro que te lo pisas. Si no fuera porque eres mi cuñao y mi hermana es una santa…


lunes, 22 de enero de 2018

Los casos de Elías Gómez. Nuevo episodio.



Elías Gómez era un detective de esos de segunda clase que bien podría haber dado el tipo para una película de las serias protagonizada por Alfredo Landa. Su aspecto ojeroso de hombre triste, acabado,  amigo del tabaco, del whisky y de trasnochar, y su despacho tan cutre y desordenado ayudaban mucho. El detective sobrevivía con algunas cosillas de poca monta que le iban saliendo y con otras que surgían de las maniobras, algo ilícitas por cierto, de él y de su cuñado Ceferino.
Con los años, el viejo cartel de la puerta que, con tanto esmero, Ceferino Sardón había elaborado, fue víctima del deterioro.
El cristal esmerilado, desde dentro del despacho,  lucía de esta guisa:


—¡Solo queda el apellido!—exclamaba el detective— ¡Y encima, al revés!

Sin embargo, la costumbre de verlo así todos los días, no solo por parte de Elías, sino también por los potenciales clientes que se acercaban al bufete —la mayoría picaba una vez y no más—, hizo que “Gómez” se reconvirtiera  —al menos visualmente— en “Zemóg”.

—Oye, pues no suena mal del todo. ¡Zemóg! Visto en el buen sentido, hasta parece un apellido extranjero.  Lo cual puede darle al despacho un toque de categoría—. Le decía un día que estaba de buen humor a Ceferino.
—Si quieres te lo vuelvo a pintar— se ofreció solícito su cuñado.
—No, déjalo. Que igual nos trae suerte.
—Hablando de suerte, esta mañana llamó uno que quería una cita contigo para el miércoles. Lo tienes para las once. Me hice de rogar para que creyera que era muy difícil concertar una cita dado lo apretado de tu agenda. Al final le dije que, excepcionalmente y haciendo un esfuerzo, le hacía un hueco entre dos clientes muy importantes y que, por favor, fuera muy puntual.
—Eres un lince. ¿Te dijo para qué quería la entrevista?
—No. Me señaló que por teléfono no quería dar detalles. Se le veía preocupado.

El miércoles, a las once menos cinco de la mañana, alguien llamó tímidamente con los nudillos en la puerta de cristal esmerilado del despacho. El detective andaba con el portátil abierto sobre la mesa y levantó la vista un poco por encima, lo justo para visualizar la mitad superior de la puerta.
—Adelante— dijo Elías Gómez desde su sillón de IKEA, intentando emitir una voz firme y segura que transmitiera al visitante la sensación de seriedad y profesionalidad que el despacho pretendía vender.
La puerta, distante tan solo un par de metros de la mesa del bufete, se entreabrió y, al poco, volvió a cerrarse sin que aparentemente nadie hubiera entrado.
—Pase— repitió el detective—.No se quede ahí fuera.
Y una vocecita surgió entra la puerta y la mesa:
—Si estoy ya dentro. Es que la mesa y el ordenador me tapan.

Elías Gómez cerró su portátil, se incorporó de su butacón de plástico negro y miró delante de su mesa. Se quedó ojiplático cuando vio que quien le hablaba con esa vocecita era un ser diminuto que no mediría más de 85 o 90 centímetros. “Cielo santo, un enano”, se dijo el detective.


—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
—Hola, buenos días. Me llamo Blas. Trabajo en un circo, haciendo reír a pequeños y a grandes. Quiero contratar sus servicios para que investigue a la mujer barbuda y al domador de leones, que me acosan laboralmente, y yo pueda, con las pruebas pertinentes, demandarles por trato vejatorio. Porque el dueño del circo no me cree y dice que exagero. Y ellos, evidentemente, niegan todo como bellacos. Necesito pruebas, con testigos que prueben su infamia.
—¡¿La mujer barbuda y un domador de leones…?!— comenzó a decir sin dar crédito a lo que estaba oyendo.
—Sí— respondió el diminuto hombrecillo—- Están celosos de mí y me hacen la vida imposible. La mujer barbuda me coge en brazos y me restriega toda la barbota en mi cara. Los pelos son duros como escarpias y me provocan sarpullido. Luego me suelta y se ríe a carcajadas la muy pelleja. El otro día, sin ir más lejos, casi me muerde un león, azuzado por Nicolás, el domador.  Me apretó contra los barrotes de  la jaula para irritar a los animales. Menos mal que los leones son viejos y apenas tienen garras ni dientes. El domador es un mal tipo.
—Resulta increíble— dijo el detective, recomponiendo el gesto tras la sorpresa inicial.
—Por eso he venido. Necesito que ustedes me ayuden.

(Continúa)