domingo, 24 de septiembre de 2017

Cuentos

Gustave Doré

Los cuentos infantiles son esas cosas que entre “érase una vez” y “comieron perdices” se puede rellenar lo de dentro al antojo del autor. Eso sí, en todo cuento que se precie debe haber una buena dosis de misterio, sensiblería, intriga, penas, seres malvados… Y hasta una moraleja para el lector, faltaría más. Que lo leído, además de entretener, debe ofrecernos alguna enseñanza.

¿Quién no recuerda el impacto emocional de algún cuento de la infancia? Rememoro ahora la historia de una ballenita perdida por su madre despistada en medio del océano y el berrinche que me llevé según me contaba el asunto la tata Antonia, una mujer mayor que se regodeaba sádicamente de mis pucheros. Porque antes de venir a menos yo fui un señorito de los de tata en casa. Y ella debía cobrar poco y se vengaba haciéndome rabiar.

¿Será por eso que la inmensa mayoría de los cuentos infantiles son terribles, rozando algunos el sadismo? Blancanieves, Cenicienta, Caperucita Roja, la Bella Durmiente, Pulgarcito, Rapunzel o Hansel y Gretel. Niños abandonados, mocita que debe atravesar el bosque oscuro para ir al encuentro de su abuelita, niña maltratada por su madrastra y por las harpías de sus hermanastras, jovenzuela envenenada y que entra en coma por una manzana en mal estado, una bruja que se quiere comer a los hermanos abandonados por sus padres, un ogro que idem de lo mismo… Y detrás de todo ello - posiblemente empleados mal pagados-, sádicos vengativos que perseguían asustar a los nenes para que se quedaran paralizados de miedo. Como la tata Antonia.

lunes, 18 de septiembre de 2017

A vueltas con el Nacionalismo

Bandera marciana
Imagen tomada de aquí

Hace casi tres años y medio escribía esto. Creo que  hoy sigue estando de actualidad.
Una vieja entrada que hoy recupero.
Con los comentarios que se hicieron en su día



(Una reflexión que no va a gustar a más de uno)

Me echo a temblar cuando los ciudadanos son capaces de movilizarse más por los símbolos identitarios que por los recortes en sus derechos. Ahí es cuando aparece el agujero negro del nacionalismo, con ese poder terrible para absorberlo y manipularlo todo. 
Cuando hablo de nacionalismo no sólo me refiero al independentista sino también al centralizador. Y no sólo me refiero a España.
Un “invento” ya antiguo que permite canalizar energías en una sola dirección y lograr que afloren los sentimientos más escondidos, donde prevalece la emotividad frente al raciocinio. Miedo me da un pueblo que se mueve por simple visceralidad y que aparca la sensatez, el diálogo, la negociación y la convivencia. Ello nace de un problema de empatía: la capacidad o la incapacidad para ponernos en la piel del otro. Y si no hay diálogo, las acciones sustituyen a las palabras. La violencia es el siguiente paso. No es la primera vez que ocurre. Y siempre hay alguien detrás que obtiene buenos réditos con ello. No hay más que echar un vistazo a la historia. Los ejemplos sobran. 

UN PRODUCTO DE LA CRISIS 

Habría que plantearse por qué siempre que hay crisis se agudizan estos sentimientos nacionales identitarios, a la par que aumenta el racismo y la xenofobia (Véase por ejemplo el aumento de apoyo en Francia del grupo ultra de la señorita Le Pen). Es un mal síntoma: el raciocinio se ve desplazado por la pasión y la emotividad. Eso en política no debe ocurrir. Es un camino muy peligroso. Los impulsos viscerales hay que dejarlos para el arte y la poesía. La pasión desbordada traducida en términos estéticos se puede denominar Romanticismo, pero a nivel político y en los tiempos actuales no es otra cosa que una forma de fascismo. 

UNA MANIOBRA DE DISTRACCIÓN 

El mensaje siempre es parecido: la culpa de que nos vaya mal la tiene el vecino -o el inmigrante- , no una política global equivocada. Es más sencillo buscar culpables en los de al lado aprovechando algún agravio reciente o del pasado. Y si no lo hay, nos lo inventamos. Es fácil. La gente quiere carnaza, chivos expiatorios que paguen los platos rotos. Y el mensaje cala enseguida entre la población. Con esto del nacionalismo los dirigentes tienen entretenida a la gente, a la de allí y a la de aquí, una cortina de humo para que no vean que los problemas verdaderos no son de banderas sino de trabajo, sanidad, vivienda y educación. Los problemas cotidianos de la gente son muy similares en todas partes. Cuanto más viajas más cuenta te das de las similitudes. Todos respiramos, amamos a los nuestros, luchamos para llegar a fin de mes… Hay más cosas que nos unen que las que nos separan. 
Las banderas y los himnos están muy bien como parte de nuestra cultura, del folclore, como la fiesta de los toros, la ikurriña o el baile de la sardana, pero no debe convertirse en material arrojadizo para agredir a los que no los comparten. Porque precisamente eso sería hacer el juego a los que quieren que busquemos al enemigo fuera de casa, evitando así que reclamemos soluciones a los de dentro. 

¿PARA QUÉ MÁS FRONTERAS? 

Los que se quejan de falta de libertad colectiva no deben proponerme a cambio levantar nuevos muros de incomunicación entre las personas. Ya tenemos demasiadas fronteras. Te puedes sentir vasco o andaluz o catalán y a la vez español o europeo o ciudadano del mundo o de la Vía Láctea o de ninguna parte. Y no pasa nada. No vas a ser mejor ni peor por ello. No hay que avergonzarse necesariamente de la pertenencia a colectivos que no te excluyen. 

Y ya puestos, ¿qué sentido tiene hoy el hablar de "nación", de democracia y de pueblo soberano -independientemente del color de tu bandera-, cuando los que toman de verdad las decisiones no son nuestros políticos electos locales, sino en realidad gente que está lejos, en sus despachos, dictando órdenes a diestro y siniestro y moviendo a su antojo los hilos del mundo? ¿Qué es lo prioritario que cambiemos? ¿Qué pesada losa nos tendremos que quitar de encima para ser de verdad libres?

martes, 12 de septiembre de 2017

Delirios de grandeza

La Mole Littoria, proyecto de Mussolini.

Una entrada recuperada
Fragmentos de un cap. de "Historias que no son cuentos"


Algo propio de dictadores y autócratas, acostumbrados a la obediencia sin rechistar y a ser considerados en su entorno como dioses. Caudillos por la gracia de Dios o del destino, padres salvadores de la patria o de la revolución, que llenan calles y plazas de estatuas propagandísticas de su ego, algo frecuente en la saga norcoreana de los Kim, propulsores de una nueva religión llena de imágenes colosales ante las que sus súbditos obedientes y devotos han de postrarse. Estos tiranos acometen obras faraónicas, expresión de su grandeza como el Valle de los Caídos o el rascacielos que proyectaba Mussolini, o también el “Palacio de los Soviets” de Stalin, una idea aprobada en 1934 que no llegó a hacerse porque la Segunda Guerra impuso otras prioridades, o la megaciudad que pretendía construir Hitler, proyecto encomendado a Albert Speer, más conocido como “arquitecto del tercer Reich”, designado por el führer para llevar a cabo la construcción de Germania, la que iba a ser la capital del mundo.


Germania, capital del mundo

Ese mismo delirio que les lleva a celebraciones multitudinarias para darse un baño de masas o a rebuscar en la historia nombres altisonantes que poner a sus vástagos como hizo Pinochet -“Augusto” Pinochet- con su hijo "Marco Antonio".
O el ansia por emparentar con la familia real, como las maniobras de doña Carmen para que su nieta, al casarse con Alfonso de Borbón Dampierre, aspirara a entroncar su familia con la realeza española.
Los delirios de grandeza, propios de personajes como Mussolini, Adolf Hitler, Stalin, Pinochet, Kim il Sung o Franco, forman parte de un trastorno psicológico que en ocasiones esconde un complejo de inferioridad. 

Delirios de grandeza que les hace sentirse imbuidos de autoridad para “investir” y otorgar cargos y títulos como los viejos monarcas absolutos, como hizo Franco quien, merced a la ley de 4 de mayo de 1948, asumió la potestad de poder conceder títulos nobiliarios, algo que había abolido la II República. Un total de 39 títulos concedidos a sus amigos de la “cruzada” contra los “rojos”. De esta forma los nietos de los que colaboraron con el golpe militar y con la dictadura reclaman esos títulos como un derecho hereditario, exigiendo que en plena democracia se les siga renovando, lo que levanta las lógicas protestas de diversas entidades que exigen la supresión de los títulos concedidos por Franco a todos aquellos “que participaron y colaboraron en el sostenimiento de la dictadura”.
La inmensa mayoría de los nombramientos que hizo el “Caudillo” son mirados con desprecio por parte de la aristocracia española quien considera en primer lugar que deben ser otorgados por un rey, opinando por otra parte que una guerra civil seguida de una dictadura no es el escenario adecuado para recompensar a nadie con un nombramiento de ese tipo.

Fallido Palacio de los Sóviets, proyecto de la era Stalin

El dictador no tuvo escrúpulo alguno en nombrar duques, condes o marqueses a militares sublevados, renombrados falangistas y empresarios colaboradores o afines al régimen.

Entre otros, Franco otorgó los siguientes títulos:

Al general Mola, golpista como él, le concedió el título de Duque de Mola.

Al general Queipo de Llano, autor de importantes estragos en Sevilla, el título de Marqués de Queipo de Llano. Y eso que ambos no se tragaban. El de Tordesillas llamaba a Franco, “Paca la Culona.”

Al general Yagüe, más conocido como el carnicero de Badajoz, tristemente famoso por la matanza de miles de civiles, el título de marqués de San Leonardo de Yagüe.

Al falangista Onésimo Redondo, el de Conde de Labajos.

A Pilar Primo de Rivera, delegada nacional de la Sección Femenina, el Condado del Castillo de la Mota.

A Pedro Barrié de la Maza, fundador de una compañía eléctrica, el de Conde de FENOSA, o sea: “Conde de las Fuerzas eléctricas del Noroeste”. Si no fuera ridículo, hasta tendría su gracia.

¿Se imaginan otros títulos nobiliarios parecidos como el Marqués de ENSIDESA, el Duque de Azucarera Española o el Conde de Renfe? Suena, cuando menos, cómico, casposo y paleto.



martes, 5 de septiembre de 2017

Los felices y locos años veinte


Felices, optimistas, locos... un espejismo, una necesidad de intentar ser dichosos tras el trauma de la Primera Guerra Mundial y tras la inmediata posguerra, unos años duros caracterizados por un marcado afán de revanchismo, "el espíritu de Versalles", que prolongó psicológicamente el conflicto con el asunto de los tratados de paz que las potencias aliadas firmaron -o simplemente dictaron- con los países derrotados. Y Alemania fue la gran derrotada, la gran humillada, con esas reparaciones e indemnizaciones de guerra imposibles de pagar.

Lo cierto es que tras 1925 se dio por saldada una etapa negra y se abrió un periodo de progreso, de concordia, de esperanza. La economía parecía reactivarse. Se inició un ciclo expansivo con epicentro en los EEUU que fue contagiando a los países europeos, una especie de clima de euforia y de fe en el futuro. 



Los Acuerdos de Locarno de 1925  trajeron un aire nuevo a Europa que dejó en el cajón de los agravios las diferencias entre vencedores y vencidos. Y de esa nueva etapa de la posguerra surgió un nuevo espíritu más amigable, más positivo y más optimista. La sombra negra de la guerra parecía alejarse. La pesadilla vivida iba quedando atrás.





Pero el tiempo nos dijo que aquello era, en realidad, un espejismo, un trampantojo. Apenas un paréntesis entre dos guerras. Tal vez una pausa entre dos partes de un mismo conflicto, con una Alemania dispuesta a cobrar cara la humillación sufrida en Versalles.




En efecto, tras la llegada al poder de Adolf Hitler en 1933, se fue preparando el terreno para un conflicto todavía peor que el anterior. La crisis de los años 30, tras el crack bursátil que se inició en Wall Street, trajo a toda Europa y especialmente al país germano, tan castigado por el asunto de las reparaciones, más miseria, más rencor. Y el discurso populista y agresivo del führer caló entre la población y encendió la mecha del conflicto.

lunes, 10 de julio de 2017

Echando el cierre al blog

Tema estival