lunes, 23 de abril de 2018

El viejo retrato



Al fondo del pasillo o galería que partía en dos la planta superior estaba el retrato. Casi siempre semioculto en la penumbra, debido a la escasa luz que reinaba en aquel lugar, un espacio sin ventanas de una casa señorial.
Era un óleo con fondo oscuro  de un hombre como de cuarenta años, de aspecto enérgico y de  bigotes soberbios con las guías engominadas hacia arriba —muy a la moda de la aristocracia de finales del siglo XIX y principios del XX—, el antiguo propietario de aquella enorme mansión, hoy heredada y reformada por sus descendientes.
Desde niño, ese retrato me hipnotizaba, captaba mi atención de tal manera que me resultaba difícil esquivar esa mirada. Yo subía normalmente al piso de arriba para llevar a cabo lo que habitualmente suele hacer un mocoso de siete u ocho años: jugar, esconderme, enredar. Y el hombre del retrato, don César, no me quitaba ojo. Yo, para disimular, solía hablar con él algunas veces. Y casi siempre le contaba alguna mentirijilla que diera alguna razón convincente de mi presencia en aquellos aposentos.
Recorrer aquella casa tan grande, como el que va de safari o en busca del tesoro, suponía toda una aventura al alcance de mi mano cada vez que pasaba allí algunos días de vacaciones con mi madre y mi hermano. La dueña era entonces la viuda del hombre del retrato, una pariente lejana de mi madre. Habituado como estaba a vivir en un modesto piso de apenas sesenta metros cuadrados, en un barrio del extrarradio de Madrid, y caer en aquella mansión señorial de dos plantas, con personal de servicio, patio, corral con gallinas y granero, con zaguán tras la puerta principal, cancela de hierro y puerta falsa trasera, llena de rincones y misterios, era toda una tentación para un crío inquieto y travieso como yo.
Cuando no quería que nadie me encontrara me subía arriba. Allí había un par de cuartos casi siempre vacíos, pues eran los de los invitados. También una habitación secreta, cerrada a cal y canto, que no se abría nunca. ¿Qué misterios escondería?  Y estaba la joya de la casa: la biblioteca, con el despacho del que fuera un día el amo de aquel lugar: el hombre del retrato. Aquella enorme habitación —más enorme parecía con esa corta edad—  era todo un museo. 


Había cuadros por las paredes, casi todos copias fidedignas de famosos pintores del barroco español, cuadros tenebristas que a mí me sobrecogían un poco, había muebles antiguos de madera oscura, una enorme biblioteca acristalada que llegaba hasta el techo, con escalera para acceder a las estanterías más altas. Y una mesa de escritorio de madera tallada y barnizada,  con cajones de tiradores metálicos (abrir uno a uno era ya toda una aventura, pues no sabías qué te podías encontrar), que el tiempo había oscurecido, con su tablero superior y esa especie de forro duro incrustado en el centro,  como de piel curtida, para apoyar el papel. No faltaba su porta plumas o plumillero, su tintero de tinta ya seca, su secante con pomo de madera y base curvada, su sillón tapizado tan mullido…  Y silencio, sobre todo mucho silencio; pues el trasiego diario tenía lugar siempre en la planta de abajo, donde andaba la cocina, el comedor y las habitaciones principales.
Una vez que andaba enredando por aquel lugar, y tiré sin querer una maceta que se quebró contra el suelo con gran estrépito, salí corriendo al pasillo y allí estaba el retrato del guardián de aquella casa, mirándome serio sin pestañear…
—Don César. Guárdeme el secreto. No diga que fui yo —le guiñé el ojo al cuadro y luego desaparecí de allí como alma que lleva el diablo.

lunes, 9 de abril de 2018

Salem, de vez en cuando


La histeria colectiva, el clima de fanatismo y de intransigencia religiosa o ideológica ha dado lugar a lo largo de la historia a episodios tristes y sórdidos como este, el de los enjuiciamientos por brujería en la localidad de Salem, cerca de Boston, donde entre 1692 y 1693 se celebraron varios procesos judiciales contra un importante número de vecinos de aquella localidad acusados de practicar brujería. 

Todo empezó con una denuncia por parte de dos niñas que, debido a que sufrieron una serie de problemas como espasmos, convulsiones, llanto o incoherencia en el habla, dijeron que habían sido embrujadas por algunas mujeres del lugar. Y señalaron a presuntas culpables de hacer esas prácticas. Un médico examinó a las afectadas y no apreció ningún problema de salud desde un punto de vista físico, por lo que se atribuyó el problema a la influencia del demonio. 

Algunos aprovecharon la credulidad del juez que admitió a trámite las denuncias para realizar sus propias venganzas personales. Y aumentaron los casos de brujería y de personas implicadas hasta llegar a un número importante de acusados, un total de 141. Veinte de ellos fueron ejecutados. El atraso y el fanatismo fueron los culpables y también las rencillas personales entre vecinos quienes vieron una buena oportunidad para desembarazarse de sus enemigos. 

En la historia siempre se han dado casos de este tipo, donde la intransigencia y el rigorismo religioso o político han sabido buscar culpables entre gente distinta por su fe, por su origen o por su comportamiento. También ha sido una manera muy útil desde el poder para crear un enemigo común, un chivo expiatorio al que se le responsabiliza de todos los males habidos y por haber y que se hace merecedor del odio colectivo. Se le suele denominar como "caza de brujas".

lunes, 2 de abril de 2018

Reflexiones sobre viajes y viajeros


Sabes cuándo partes, pero desconoces el día de tu llegada.
Cada viaje es una aventura con destino incierto.

“Pero es por el prudente Odiseo por quien se acongoja mi corazón, por el desdichado que lleva ya mucho tiempo lejos de los suyos.”
 “La Odisea”, Homero. Canto 1º.

"Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias." 
Konstantin Kavafis.

“No hay tierras extrañas. Quien viaja es el único extraño.”
Robert Louis Stevenson.

“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”.
Mark Twain.

“Nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”.
 Henry Miller. 

“Viajar es descubrir que todos están equivocados sobre los otros países”. 
 Aldous Huxley.

"Vayas donde vayas, ve con todo tu corazón."
Confucio.

jueves, 22 de marzo de 2018

Relato con fimosis



Cómo lograr que un texto funcione, que fluya, que discurra con soltura y naturalidad, que soslaye lo accesorio, lo que está de más, lo que no añade nada de interés al relato.
Esa era la cuestión que se me planteaba aquella tarde sentado ante mi escritorio.
Porque lo que estaba redactando en aquellos momentos había encallado en un monumental atasco creativo, una especie de tapón, un impedimento, un freno que me entorpecía el movimiento y no me dejaba continuar con la trama.
El caso es que Juan, mi personaje que, dicho sea de paso, hizo mucho el capullo en su vida, viviendo alocadamente y sin contención, había salido de su casa, cogido el autobús y entrado en el viejo portal de un edificio antiguo, de techos altísimos, escalera de madera y ascensor solo de subida. Iba a consulta médica. Tenía cita concertada con el especialista desde hacía unos días.

—Me duele aquí— dijo al urólogo, no sin cierto pudor, mientras le mostraba el prepucio, cuya escasa abertura no dejaba descubrir apenas el glande.
Debe molestarle mucho cuando mantiene relaciones ¿verdad?— Dijo el médico con cara de circunstancias, palpándole cuidadosamente el lugar—. En estos casos solo hay un remedio: la cirugía. Hay que cortar lo que estorba…

¡Cirugía! —dije para mis adentros—. Quitar lo que estorba. Esa era la clave.
Cortar y no añadir nada. La solución al problema, tanto en medicina como en literatura.
Pues nada. Me dispuse a llevarlo a la práctica. Manos a la obra. Cogí el “bisturí” y quité lo que sobraba. Y así quedó finalmente el relato:

 “Juan vivía en una casa del extrarradio de una gran ciudad. Su escaso poder adquisitivo no le permitía el lujo de alquilar algo más céntrico. Tampoco era imprescindible. Como su trabajo consistía en hacer gestiones desde su teléfono y su ordenador, no le resultaba fundamental acercarse al centro, salvo en aquellas circunstancias en las que, por motivos personales, de salud o de ocio, le era imprescindible hacerlo.
Aquel fatídico día, un viernes trece que quedará escrito a sangre y fuego en su piel, tuvo que coger  el autobús que, en cuestión de pocos minutos, le dejaba en el corazón de la ciudad. Un asunto médico. No imaginaba que su vida iba a experimentar un vuelco, un giro de 180 grados…
(…)
Después, la ciudad siguió viviendo de espaldas a todo, como si nada hubiera ocurrido. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa que la gente anónima se deje el pellejo —o parte de él— en una urbe de un millón de almas?”


Texto publicado en La Charca Literaria.
Aquí tienes la lista de mis trabajos publicados hasta la fecha en esta revista literaria.


lunes, 12 de marzo de 2018

Tempus fugit


Quedan lejos aquellos tiempos de universidad en los que en mi país no había libertad; pero éramos jóvenes, estábamos llenos de vitalidad, teníamos muchos pájaros en la cabeza  y toda una vida por delante.
Así podría empezar una novela a mitad de camino entre lo autobiográfico y la pura ficción.
La juventud, qué tiempos.
Unos años felices y despreocupados, donde la palabra cáncer era tan solo un signo del zodiaco; el corazón, un asunto personal o siete casillas del crucigrama; la enfermedad, eso que pasaba a los mayores; y el futuro, algo que no existía porque quedaba todavía lejos. Un tiempo en el que un día de lluvia no era un fastidio, sino una excusa para estar en casa con los amigos o con tu chica, oír música, fumar, beber algo, hacer el amor, arreglar el mundo... No teníamos un duro, pero éramos dichosos. No sabíamos nada de la vida, pero no nos importaba. Pensábamos que ese tiempo había venido a instalarse en nuestras vidas para siempre. Y que los viejos nunca fueron jóvenes, que ya nacieron así. Y que la cosa del paso del tiempo no iba con nosotros.
Un día ocurrió algo que lo cambió todo: fue cuando nos planteamos tomarnos la vida como adultos, buscarnos un trabajo, formalizar nuestra relación, planificar el futuro... Fue el momento bisagra de nuestra existencia, aún estábamos en plena juventud. No habíamos consumido un tercio del total, pero el cambio que se avecinaba era imparable.
A partir de ese momento, la vida pasó en un soplo. Cuando nos quisimos dar cuenta habíamos llegado a la mitad de nuestro camino. Buena parte de la otra mitad que nos quedaba se nos iría también en un suspiro.
Ahora, cuando nos vamos acercando a la recta final de nuestra existencia, reparamos en dos cosas: tenemos más estabilidad económica y emocional y mucha más experiencia que entonces. Y, sobre todo, recuerdos. De regresar al pasado, posiblemente no volveríamos a cometer los errores que cometimos; pero de qué nos sirve eso si la juventud se fue definitivamente de viaje. Se fue con otros, para no volver. Dentro de nada, para los jóvenes, nosotros seremos los viejos, los que siempre fuimos viejos. Y vuelta a empezar.