domingo, 23 de abril de 2017

23 de abril



El 23 de abril conmemoramos el día del libro porque parece ser que en 1616 coincidieron los decesos de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare. En el fondo no es del todo exacto. Parece ser que Miguel de Cervantes Saavedra falleció el día anterior. Lo que sí tuvo lugar el 23 fue su entierro. Y el escritor inglés falleció el 23 de abril pero del calendario juliano, no del gregoriano que es el nuestro, por lo que la fecha no coincidiría tampoco porque sería algo posterior, concretamente el 3 de mayo.




Sin embargo, La UNESCO designó ese día en particular, una fecha simbólica con el objetivo de rendir homenaje al libro, promover la lectura y los derechos de autor. Nuestro personal homenaje al autor de El Quijote viene en forma de retrato o de caricatura. Una de ellas es la del amigo Leal Galera, que seguro conoceréis.















Ojiplática versión de Leal Galera
"Cosas veredes..."


Nota: imágenes tomadas prestadas de la red.

lunes, 17 de abril de 2017

Una reunión inesperada (4)



En ese momento, en la pantalla aparecen imágenes de Unamuno saliendo del Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Una turba vociferante de gente uniformada de azul con el brazo levantado le increpa. Él sale de allí agarrado del brazo de la mujer del Caudillo y escoltado por un pequeño grupo de personas. Se libró por poco de ser linchado allí mismo.

-En todo caso- interviene Francisco de Goya-, es terrible que un pueblo se vea abocado una vez más a enfrentarse a golpes, como esos dos forasteros de mi cuadro: un duelo a muerte. Es como una maldición. Todos convertidos irremediablemente en Caín y Abel. Hermanos contra hermanos. La tragedia española. Una gran frustración como pueblo al no encontrar más salida que la lucha fratricida, donde ninguno gana nada y de donde todos salen malheridos o traumatizados de por vida.

De nuevo, un silencio espeso se hace dueño de la sala. Todos han quedado enmudecidos tras las imágenes que han podido ver y por las palabras del pintor zaragozano.
De pronto, en medio del silencio, un gran sobresalto se adueña de todos cuando alguien aporrea la puerta con ganas repetidas veces.
-Pero… ¿quién demonios llama de esa manera?- dice un Cervantes ligeramente airado- ¡Pase quien sea!

La puerta se abre y da paso a la figura harapienta de un hombre mayor de cabellos largos y barba canosa que se apoya en una especie de garrota o cayado. Su nombre es  Guzmán. Trae los ojos encendidos de ira. Parece un mendigo, pero sus andrajos no se muestran viejos ni sucios, sino que los jirones y remiendos que adornan su vestimenta se parecen más a los rotos y deshilachados que lucen hoy algunos adolescentes en sus pantalones vaqueros, falsamente gastados o raídos. El presunto indigente entra en la sala, el gesto resuelto, la mirada adusta.  Parece enojado.

-¿Quién es usted y qué busca aquí?- le espeta un Cervantes serio pero correcto quien, sabedor de la identidad del visitante, no comparte sin embargo esa forma de presentarse en escena.



- Mi nombre es Guzmán. Busco a un muchachuelo bribón y zascandil que quiso robarme y casi me quiebra el pie, pues el muy canalla me pegó un pisotón cuando le pillé cogiéndome una moneda que las buenas gentes de Sevilla me habían dado como limosna.

En ese momento, todas las miradas abandonaron al recién llegado y se dirigieron hacia Andresillo Hurtado  quien, tras recobrarse por la sorpresa inicial, contestó al que le acusaba con desparpajo:

-Tenga a bien, buen hombre, disculpar la falta pasada de un mozalbete, algo pícaro y trapacero, castigado por la vida, que no quiso hacerle daño sino mitigar el hambre que se apoderó de sus tripas que, si es mala cosa robar a un pobre, algo que confieso y de lo que hoy me avergüenzo, no es mejor hazaña hacerse pasar por tullido e intentar vivir del cuento, engañando a las gentes compasivas con historias de enfermedad y cojera, que muy cojo no le debí dejar si ha podido llegar hasta aquí. Dicho esto, le pido perdón por el daño que pude hacerle, que ha pasado ya el tiempo y como reza el refrán: agua pasada no mueve molino.

- Y bien- dijo un Cervantes conciliador- . El muchacho muestra arrepentimiento de algo que pasó hace mucho. Y creo llegado el momento de que las palabras sensatas ocupen el sitio que antaño ocuparon los agravios. Pase y acomódese entre nosotros. Y haya paz y concordia, que no venimos aquí a plantear pleitos entre nosotros sino a conocernos y a platicar en amor y compaña.

Dicho y hecho, el falso tullido, ya más apaciguado, hizo con la cabeza un gesto de aprobación y procedió a sentarse en el suelo, en una esquina de la sala, algo que por otra parte no le resultaba del todo inusual cuando ejercía, de aquella manera en la plaza, su impostado oficio de pedigüeño.


Fragmento del largo epílogo de "En la frontera". El texto completo te lo puedes descargar gratis pinchando en el enlace.

martes, 4 de abril de 2017

Una reunión inesperada (3)

Patrice Lumumba


Resumen de lo anterior: a una extraña sala de reuniones, van llegando poco a poco unos cuantos personajes de los que han ido apareciendo a lo largo de diferentes capítulos de "En la frontera".
Son de diversas épocas históricas. De momento no sabemos qué hacen allí ni quién los convocó...


Un breve pero contundente silencio se hace dueño de la situación durante unos segundos.
A continuación toma el turno Patrice Lumumba, el libertador del Congo Belga:

-Mi sueño fue un sueño de libertad, pero no solo para mí sino para todo un pueblo- decía Patrice-. Un pueblo humillado, explotado, esclavizado, que se cansó de vivir bajo el yugo de gentes extranjeras y que luchó por lograr su independencia. Yo fui el encargado de canalizar esa lucha y no me lo perdonaron. Al final, parte de mi propia gente fue engañada, manipulada y comprada y de esta manera acabaron conmigo. Yo era un estorbo para los planes que ya habían sido trazados desde fuera. Los amos de Europa tenían otro destino para el Congo una vez que había logrado la independencia. La codicia cegó la voluntad de paz de algunos. África era para muchos una enorme tarta que había que repartir. Yo sobraba. Y me quitaron de en medio.

Tras una breve pausa, interviene el republicano represaliado:

-Es curiosa esa coincidencia de los sueños de Patrice con los míos. En el fondo yo quería también esa liberación para los nuestros. Teníamos proyectos, ilusiones… Se habían emprendido reformas para mejorar las condiciones de vida de los campesinos, su acceso a la propiedad de la tierra…; pero todo fue abortado por los que se sublevaron contra la República. Ellos fueron los culpables; aunque la responsabilidad también la tuvieron los que desde dentro se dedicaron a hacer la revolución por su cuenta, matando curas, quemando iglesias, las “checas”… Así no se construye una nación donde todos tuviéramos cabida. Y luego, ese desorden…  La falta de disciplina y de unidad fue nuestro fin. 





 -Nosotros apostamos muy fuerte. Sabíamos que lo nuestro era una misión arriesgada, poco menos que imposible- apostilló Gayarre, el guerrillero del maquis-. Los vencedores hablaban de nosotros como si fuéramos delincuentes, bárbaros, bestias dañinas sedientas de sangre de gente inocente, y la mayoría no éramos más que personas corrientes que tuvimos que huir a los montes para que no nos mataran. Muchos no tuvimos otra elección, o nos escondíamos o nos dejábamos cazar como conejos. Al principio, nuestro objetivo no era el de formar un grupo guerrillero, sino simplemente huir, salvar el pellejo. Luego ya nos fuimos organizando sobre el terreno. ”En un primer momento nuestra misión era la del sabotaje: líneas férreas, línea de alta tensión, voladura de puentes para evitar el trasiego de suministros… es decir, dar un golpe a las bases económicas del régimen. No queríamos pasar entre la población como bandoleros y evitábamos las acciones de tipo económico, como llevarnos dinero, porque para qué. Lo nuestro era derribar torres de alta tensión que lograron importantes cortes de luz en muchas zonas.



”Queríamos recuperar lo que nos habían quitado durante la guerra. Nuestro objetivo final era avanzar desde las montañas hacia el sur y echar a los fascistas del poder, pero nos dejaron abandonados en la cuneta los mismos que nos tendrían que haber ayudado, como nosotros hicimos contribuyendo a liberar Francia de sus invasores. No nos pagaron con la misma moneda. Nos sentimos traicionados.

-A mí me engañaron. O me engañé yo - dijo Unamuno-. Todo un catedrático, versado en latín, griego y filosofía, y mordí el anzuelo inocentemente. Pensé que los que iniciaron la guerra eran los salvadores de mi patria, que andaba por entonces bastante rota y descompuesta. España estaba en peligro. Había que salvarla. Desde el movimiento falangista hubo gente ilusionada en proteger nuestro país a través de una revolución nacional y anticaciquil que nos redimiera a todos los españoles; pero todo lo contrario, los que provocaron la guerra no tenían intención de renovar nada, solo se movían por sed de venganza. De hecho apartaron o eliminaron a los falangistas que les resultaban más molestos. No tenían ningún interés en regenerar España, solo en situarse ellos arriba y dirigirnos como si fuéramos los soldados de un cuartel. Y para ello no dudaron en emplear los métodos más atroces. Gentes que se decían cristianas y actuaron sin piedad, como lobos sanguinarios…
-Pero fuiste valiente- añadió el guerrillero del maquis-. Te diste cuenta y rectificaste. Actuaste con honradez. Te enfrentaste con ellos al final.


-Sí, me rebelé. Y me costó la vida. Pues no volví desde entonces a levantar cabeza. Me morí de tristeza- contestó con melancolía el catedrático de Salamanca.

(Continúa)

martes, 28 de marzo de 2017

Una reunión inesperada (2)


Una insólita  reunión atemporal  a modo de epílogo, a la que asisten muchos de los personajes 
de los que aparecen en "En la frontera". 

¿Por qué se han reunido aquí?

Saben que sido convocados para conocerse. Y saben también que murieron y que están ahora en este lugar, después de tanto tiempo, porque lo que la historia les negó, la literatura por fin se lo permite. Y están felices del encuentro, de conversar, de intercambiar ideas y opiniones. Y descubren que, independientemente de la época, del credo o de la ideología, tienen muchos puntos en común.
Hay un proyector programado y una pantalla al fondo de la sala que va recogiendo imágenes aleatorias, distintos planos sobre la vida de todos los presentes. Imágenes en blanco y negro que acaparan las miradas, muchas veces llenas de asombro, de los que allí se reúnen.

Quinto Sertorio se acomoda en la larga mesa al lado de Toro Sentado. Al romano le llama la atención el aspecto del jefe sioux. Le trae recuerdos de cuando estuvo por África, ese despliegue de colores en sus atavíos y en sus rostros y las plumas que exhibían los nativos cuando celebraban algún ritual frente a la hoguera. También el pelo largo le hace evocar a esas gentes que poblaban tierras en los confines del limes del norte del imperio. Bárbaros los llamaban.
El vaquero anónimo -botas altas, jeans, sombrero y camisa de cuadros-, sentado junto a Víctor Hugo, mira de refilón, de vez en cuando, hacia el fondo a la derecha, donde se sitúa Toro Sentado. No es una mirada dura ni con una carga de significado especial. Es la típica expresión que muestra alguien que en una reunión multitudinaria acaba de reconocer a una persona que le resulta familiar. Aparentemente parece tímido o reservado y no entabla de momento conversación con sus compañeros más cercanos.
Francesco, el médico de Perusa (Perugia) se sitúa entre Bart El Negro y Cervantes.
Cervantes queda situado frente por frente a Luis de Córdoba y Andresillo Hurtado se coloca junto a Goya.


-Aquí las cosas se estaban poniendo muy duras. El futuro muy negro –señalaba un Andresillo, ya de mediana edad-. Y yo no aprendí nada bueno, porque la sociedad me arrinconó en la esquina de los perdedores. Me faltó mi padre a temprana edad. Y de niño lo normal fue el hambre y el maltrato. Ya de mayor me juré que no iba a consentir volver a pasar por lo que pasé. Así que me decidí y viajé a las Indias; aunque no con demasiada fortuna. Pero esta vez no por culpa de los demás, sino por lo que yo arrastraba a mis espaldas.
-No creas que tuviste que irte del país tú solo. El exilio, por gusto o por fuerza, es algo que todos hemos conocido- apunta Francisco de Goya respondiendo a Andresillo. El famoso pintor va vestido con frac abierto de grandes solapas, camisola con pañuelo al cuello, calzón ceñido hasta la rodilla, medias y zapatos con hebillas, muy elegante para la ocasión-.  Por desgracia, muchos de los que aquí estamos hemos conocido el sinsabor de la frontera. Unos por necesidad, otros porque peligraba su vida, algunos por rebeldía y otros por dignidad. Y no faltan quienes fueron obligados a coger la barca de Caronte…


Las conversaciones se establecen casi siempre con el compañero que tienen al lado o delante; pero luego alguien tiene la idea de levantarse y hablar dirigiéndose a todos. Y de esta manera se produce un breve turno de palabra donde cada uno, puesto en pie, se dirige a todos los demás.
El primero en hablar para la concurrencia es Bartholomew Roberts, el pirata galés:

-Aunque me llamo Bartholomew, todo el mundo me conocía como Bart, Bart el Negro. Tuve fama entre los piratas de mi tiempo. Incluso parece que inspiré a más de un poeta. Pero algo que me caracterizó fue que ideé redactar un código de conducta para mis hombres. No quería pecar de arbitrariedad, así que todo el que estaba bajo mis órdenes sabía a qué atenerse. La razón por la que me metí en esta, digamos, profesión fue porque no quise someterme a la disciplina de un mundo con el que no me sentía identificado y al que no pertenecía. Mi ley era la del mar. Nunca acepté doblegarme a la autoridad de reyes y gobiernos, como hicieron algunos de mis compatriotas-  decía Bart, mientras Espronceda asentía sonriente-. Tenía demasiados enemigos. Y la piratería es una vida dura. Nunca sabes si vas a vivir mañana.  Por ello estaba convencido de que mi vida iba a ser corta; pero preferí morir libre a estar encadenado.


Fragmentos de  "En la frontera", un pdf de descarga gratuita.




miércoles, 22 de marzo de 2017

Una reunión inesperada (1 de 8)



-Están llamando a la puerta. ¿No lo oís?

Es Gayarre quien habla. Sobre su piel curtida de hombre duro forjado en la adversidad aún se notan las cicatrices. Los golpes y las balas dejaron un rastro que ni su muerte pudo borrar. Pero él está radiante, sonríe a los demás. El brillo de sus ojos delata una complicidad entre todos,  compartida, consensuada…

-¿Quién podrá ser?

El que pregunta con una expresión fingida de asombro es Espronceda, el poeta romántico extremeño. Muy elegante, con su cuidada melena, su bigote, su perilla, su pañuelo de lazo o “cravat” anudado al cuello.

-Esperemos que no sea alguien que no haya sido invitado. No tengamos otra vez la de Troya. ¡Adelante. Está abierta!- añade el poeta.

En la puerta se recorta la imponente figura de Bart el Negro. Viene con su ropa acostumbrada, su elegante sombrero emplumado, sus grandes botas. Parece sacado de una película del género. Más que un invitado al encuentro, tiene el aire de un actor que, acabada la función, aún no ha pasado por el camerino para cambiarse. Su corpulenta figura llena prácticamente todo el vano de la puerta y una amplia sonrisa ocupa casi por completo su afable expresión. Por sus modales nadie pensaría que estamos ante un temible pirata, pesadilla de la armada británica…

-Vaya. Y yo que pensaba que llegaba pronto y me encuentro esto lleno de gente. ¿No habréis empezado la fiesta sin mí?

Bart el Negro

Espronceda sonríe. No todos los días tiene uno la suerte de encontrarse a un personaje literario de los suyos de carne y hueso.
Junto al poeta romántico, Gayarre, el guerrillero del maquis, en el fondo otro romántico, otro luchador, otro soñador de causas imposibles, escucha atentamente el relato del republicano represaliado que tiene justo en frente. Para él no es nueva esa violencia que relata. En su tierra natal ya pudo conocer historias parecidas: gente sacada de sus casas a empujones, torturas, ejecuciones frente a cualquier tapia… Y luego el olvido.
Junto al represaliado, un Unamuno tranquilo y empático,  que luce impecable con chaleco marrón, su barba blanca recortada, su nariz aguileña y la mirada penetrante pero serena, conversa con Giordano Bruno, al que tiene a su derecha, sobre lo humano y lo divino. Ambos coinciden en que la duda sobre cuestiones de fe es algo que distingue a la gente con inquietudes del resto de los humanos. Y que la mejor manera de defender las propias creencias es poniendo en tela de juicio los principios sobre los que se sustenta la religión misma. El convencimiento profundo debe estar siempre por encima de la fe ciega. Somos seres racionales. Dios nos ha dotado de inteligencia para llegar a él de forma racional. El creyente debe estar siempre alerta y luchando por entender lo que para otros es simplemente materia de fe. La vida es lucha.
En una esquina, el morisco aragonés departe amigablemente con Cayetano Ripoll. Llama la atención su larga túnica ajustada a la cintura por un ceñidor, su rodete en la cabeza y también sus babuchas. Alí Al  Baari  escucha atentamente con expresión de asombro cuando el valenciano le cuenta su historia. Pensaba posiblemente que su pueblo y, en general, los no cristianos eran los únicos en ser perseguidos. Comprueba ahora que también son los propios cristianos los que sufrieron los rigores del fanatismo y la intransigencia de los que se creían dueños y señores absolutos de la verdad.

Espronceda


Poco a poco han ido entrando en la sala y ocupando su sitio, uno a uno, muchos de los personajes que aparecen en el libro. Una veintena, aproximadamente. La sala es amplia, rectangular, una especie de camarote de grandes proporciones, con una decoración minimalista a base de cuatro o cinco tiestos de plantas artificiales repartidos estratégicamente, un breve toque de color que contrasta con la inmaculada y metálica blancura de las paredes. En ellas,  se abren en su parte superior unos tragaluces o claraboyas por los que entra, atenuada, la luz de lo que parece ser una hermosa mañana de primavera. En el centro de la habitación hay una mesa larga de esas de reuniones, y en torno a ella se han ido sentando los invitados según iban llegando.


Fragmentos del epílogo de "En la frontera", un pdf de descarga gratuita.