martes, 21 de noviembre de 2017

El traje del abuelo


El abuelo siempre llevaba traje. Pero no un traje cualquiera. Uno especial. Con chaleco y reloj de bolsillo. Jamás le vi en camisa o en marga corta. O al menos no lo recuerdo.  El traje de mi abuelo formaba parte de su anatomía. Vivía con él. Comía con él. Creo que hasta dormía con él.  Mi abuelo y su traje habían firmado una especie de acuerdo de permanencia recíproca, un contrato de eternidad. Estaban soldados el uno al otro. No me lo imaginaba de visita al médico y que le dijeran eso de “desnúdese”. Me resultaba imposible visualizarlo. Tan imposible como imaginar a alguien sin piel.
Y con su traje salía de casa para dirigirse al banco, al Círculo Mercantil, al quiosco o al bar de la esquina…

—¡Los iguales para hoy! Buenos días, don José. Mire qué número tan bonito llevo—. Le saludaba el vendedor de cupones.
Deme uno, a ver si hay suerte. Pero ande, tómese algo. A ver, Miguel, ponle a este hombre algo de beber.
Gracias, don José.

Lo suyo era invitar a todo el mundo.
Siempre llevaba consigo una especie de carterita de piel con sus papeles. Y en los labios un esbozo de canción en forma de algo parecido a un silbido, aunque silbar no era lo suyo… Como mucho, emitía una especie de soplido fino que pretendía ser silbido.

Buenos días, don José— le saludaba el limpiabotas en la entrada del bar— ¿Le paso un poco la gamuza a los zapatos?
Hoy no, Antonio, que ya los traigo limpios de casa. Pero tómese usted algo. A ver, niño, ponle a este hombre algo de mi parte. Y a mí, un café con leche.
Muy amable, don José. Se agradece.




Otro día le dice al camarero:

Miguel, hoy vengo con dos de mis nietos de Madrid. Allí tengo nada menos que siete. A este ponle un plato de aceitunas. Al mayor, bonito con mayonesa. A mí, un rioja y una tapa de queso. 
—Marchando, don José. ¿Y a los niños que les pongo de beber?
Ponles dos cervezas, pero cortitas.

Y así siempre.
Un día el abuelo se nos fue.
Muy serio y callado parecía decirnos a todos adiós, allí desde su caja de madera.
Se despedía de nosotros…  con el traje de siempre, el de todos los días.

martes, 14 de noviembre de 2017

El gran Julio


Julios de prestigio  hubo muchos en la historia: Julio César, Julio Cortázar, Julio Verne. Hoy hablamos del escritor francés...

Sí, me refiero al que siempre estuvo disponible, como un inseparable amigo, durante esos años de infancia y juventud. El que me ayudaba a conciliar el sueño cuando me iba a la cama, el que me entretenía las largas tardes de invierno mientras caía la lluvia tras la ventana, incluso el que me acompañaba sin una queja cuando tuve que guardar cama en alguna ocasión por motivo de una enfermedad pasajera. 

Nunca me falló. Y recibí mucho a cambio: el placer de la lectura, participar en aventuras y viajes imposibles contrarreloj, disfrutar de las peripecias de personajes como Phileas Fogg, el profesor Lidenbrock o el Capitán Nemo, luchar contra animales prehistóricos, dar la vuelta al mundo en 80 días, pelear contra los piratas próximos al faro del fin del mundo, viajar a la Luna, sumergirme en las profundidades del océano a bordo del Nautilus, descender hasta el corazón mismo del planeta introduciéndome por el cráter del Sneffels e internándome por ese dédalo de oscuras y frías galerías…



Con este escritor podía viajar, traspasar fronteras, visitar países y gentes sin ayuda del televisor y sin moverme de mi casa. Porque para eso estaba el globo, protagonista de más de una novela, que me servía para alejarme del mundo prosaico y anodino que me tocó vivir en aquellos días sin libertad, en una España plomiza, gris, llena de prohibiciones. Una España en blanco y negro, como la tele o el Nodo de aquellos tiempos terribles…Y la lectura obraba el milagro de trasladarme a otros remotos lugares, llenos de islas fantásticas, enemigos despiadados, animales salvajes, expediciones peligrosas. Y así, con la ayuda del globo, conseguir evadirme, elevarme, alejarme y, de mano de  vientos favorables, poder llegar a tantos sitios sin necesidad de pasaporte ni de aduanas. El mundo, con todas sus maravillas, quedaba al alcance de mi mano.

martes, 7 de noviembre de 2017

Sirenas




Hijas de Calíope y de Aqueloo, híbridos de mujer y ave, ninfas del agua, de canto mágico, su música llegaba directamente al corazón de los que se aventuraran por el mar. Según la mitología tradicional recogida por la Odisea, se trataba de seres fabulosos que habitaban en el estrecho de Sicilia. El que oía el dulce canto de las sirenas estaba perdido irremediablemente, porque estos monstruos atraían a los incautos hacia las rocas, donde encallaban o se estrellaban con sus naves y eran ahogados o devorados.

Ulises, advertido por la diosa Circe, quiso oír el dulce y letal canto. Obligó a sus marineros a que se tapasen los oídos con cera y que a él lo amarraran al mástil mayor del barco. Cuando atravesaron la zona donde estaban las sirenas y la melodía comenzó a surgir con su poder hipnótico y fatal, Ulises pidió a los suyos que lo desataran, pero éstos no lo podían oír. Gracias a esto salvó su vida.

Posteriormente, el imaginario colectivo dotó a estos seres de cola de pez y de gran belleza. Es decir que de monstruos alados, peligrosos y terribles se convirtieron en hermosos seres delicados y gráciles. Muchos pescadores solitarios sueñan todavía con pescar en alta mar una bella sirena que les proporcione compañía y solaz. Aunque dudo mucho de que les pueda servir de alguna utilidad dada su condición de “semipez” o de “semimujer”, según se mire. En todo caso, una situación engorrosa.

Sean animales alados o con cola de pez, oír cantos de sirena no vaticina nada bueno.

Hay sirenas hoy entre nosotros disfrazadas de padres de la patria (la grande, la mediana y la chica), de personajes influyentes, de políticos incorruptibles… que intentan llevarnos a la perdición para que nuestra nave se estrelle contra las rocas de los farallones y los acantilados y después hacerse con nuestros despojos y devorarnos impunemente.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Carta para enviar desde el otro lado de la valla


Cuento publicado el 2 de noviembre de 2017 en La Charca Literaria


Querida familia: espero que por la presente os encontréis bien de salud. Yo, dentro de lo que cabe, aquí estoy bien, relajado, tranquilo, sin los sobresaltos a los que estaba acostumbrado en los últimos tiempos, siempre estresado, angustiado por esto, por lo otro.  Ahora tengo tiempo para mí, para pensar, para hacer memoria, para reflexionar sobre lo humano y lo divino.

Desde el otro lado de la valla las cosas se aprecian de otra manera. Aunque no acabe de acostumbrarme a estar aquí, no voy a quejarme.  No sería justo.

Como sabéis, me vine por propia voluntad, porque las cosas se estaban poniendo allí muy difíciles. La crisis, la falta de trabajo, mi fracaso personal con aquella mujer, la separación… Me costó mucho trabajo tomar esa decisión. No fue fácil: dejar toda una vida para emprender un camino incierto sin saber lo que te espera al otro lado. Porque se cuentan cosas, pero siempre te queda la duda de si serán o no verdad.

Lo malo de todo son los cambios. Acostumbrado a un país donde el bullicio, el hablar alto y la luz son sus señas de identidad, no me resulta fácil habituarme a otra realidad que supone en la práctica vivir en un riguroso silencio y donde la luz se te escatima. Aquí todo es muy tranquilo. Nadie te molesta a horas intempestivas…

Os echo de menos. Aquí me encuentro bastante solo. El lugar donde vivo es pequeño, húmedo, frío, silencioso…  Demasiado, tal vez. Lo peor de todo es que no me acostumbro a dormir en un lecho tan duro. No me resulta cómoda la caja de madera de pino donde reposo ni pasar las veinticuatro horas del día bajo tierra, mientras las bacterias y los gusanos siguen haciendo su trabajo, ajenos a todo.

_______________


Texto publicado originariamente en  "Desde el laberinto", cedido hoy a La Charca Literaria.

jueves, 26 de octubre de 2017

Cuento



Científicos norteamericanos han llegado a la conclusión de que muchos delincuentes actuales no habrían llegado a serlo si, cuando eran niños, sus educadores hubieran utilizado técnicas pedagógicas modernas... 

Como la silla de pensar.

—Fulanito, ¿qué has hecho? No se tiran piedras a las viejecitas. ¡Castigado a la silla de pensar!
—Menganita. Está muy feo que insultes a tus profesores. ¡A la silla de pensar!
—Zutanito, no se tira la dentadura del abuelito a la taza del váter. ¡Vete inmediatamente a la silla de pensar!

El mundo actual sería mucho mejor si hubiéramos utilizado a tiempo esta y otras técnicas…

—Lo que has hecho ha estado muy mal. Así que…  castigado.  Vete a la silla de pensar.

Y  se fue a la silla.

Pero ya era tarde.
Por eso, cuando Aaron Tanner, de treinta y ocho años de edad, estuvo convenientemente sentado y preparado, el responsable del asunto accionó la llave permitiendo que dos mil quinientos voltios circularan de golpe por el cuerpo del condenado a muerte.

___________

P. D.: el autor de este cuento es contrario a la pena de muerte. Solo que, esto de la silla, da que pensar.